martes, 8 de septiembre de 2015

El comienzo III. Hace ya cuatro años.

Tristemente, ésta felicidad no duró ni unas cuantas horas. Yo quería celebrar con los pocos amigos que tengo y con mi familia. Pero no pudo ser. Y hasta ahora que escribo esto, no ha podido ser.

Sucedió al día siguiente después de titularme. Me presenté a laborar como cualquier otro día. Era un viernes, lo recuerdo perfectamente. Me sentía extraño. Fui a comer, pero me sentía exageramente cansado. Me dolían los hombros, no tenía ánimo, ni siquiera hambre. No podía concentrarme. Pasaron las horas y la jornada terminó así que regresé a casa cabizbajo sin imaginar lo que nos esperaba. 

Después de quitarme los zapatos y ver un poco de televisión, escuché que alguien entró a la casa. Por la hora deduje que era mi cuñada. Comenzó a gritar. No le tomé mucha importancia porque mi hermano y ella discutían a tal grado que se aventaban cosas y se gritaban. Imagino que quizá alguna vez llegaron a los golpes. Ella tocó a mi puerta, pedía que alguien la ayudara. Me asusté. Me crispé. Corrí de inmediato a su recamara y vi algo que me dejo petrificado. Mi hermano Miguel yacía tirado en el piso. Se nos había adelantado en el camino. 

Todo fue demasiado rápido, confuso. Llegaron ambulancias, patrullas, bomberos y no sé cuantas personas más. Mis papás no estaban, así que tuve que hacerme cargo. Trataba de hacer lo mejor que podía, pero ver a mis otros hermanos llorar me dejaba pasmado. No sabía qué hacer. Un paramédico me presionaba para pagarle una cantidad y así evitar papeles y trámites pero afortunadamente una vecina me ayudó y me lo quitó de encima.

Llegó mi papá. Después mi mamá. Pedí a unos amigos de ellos y vecinos que los alcanzaran en algún punto intermedio para que los condujieran a casa y no los dejaron solos. La noticia fue devastadora. No permití que ninguno de los dos viera así a mi hermano. Los quería proteger, les quería evitar el dolor. Ningún padre debería de enterrar a su hijo. He comprendido con el tiempo que cuando un hijo pierde a su papá, se le llama huérfano; cuando un esposo o esposa pierde a su pareja, se le llama viudo o viuda... ¿pero qué adjetivo se le pone a los padres que han pérdido a un hijo? La filosofía y la psicología aún no han podido darle una definición porque el dolor es tan inmenso como para poder describirlo.

En esos días yo terminé una relación con una chica de Mexicalí: Sandra. Me llamó. Se enteró de lo acontecido porque mi hermano Uriel publicó en Facebook que Miguel se había ido. Mi cabeza aún seguía llena de confusión. No reaccionaba. No había manera. Por si fuera poco, lo que me dijo Sandra me dejó helado: "Vuelve conmigo, retomemos la relación, puedo apoyarte". ¡¡¡¿¿¿Qué???!!! ¿Acabo de enterrar a mi hermano y tú me pides que regresé contigo? No lo podía creer. Esto era demasiado. ¿Cómo alguien puede ser tan insensible, tan inhumano y tan irrespuetoso por el dolor ajeno? Ésta fue una razón (y la más importante) como para darme cuenta que tomé la mejor decisión para terminar con ella.

Ya no éramos seis hermanos. Somos ahora cinco y con un gran vacío que nunca se llenará. Pero algún día nos volveremos a encontrar. Estoy seguro de ello.

Te extrañamos Miguelito.

lunes, 7 de septiembre de 2015

El comienzo II. Hace ya cuatro años.

Después de dejar la universidad y prácticamente no trabajar, mis papás ya me consideraban un zangano. Nada que no fuera verdad. Pasaba muchísimo tiempo en la computadora: jugando, chateando, diseñando páginas, aprendiendo. Pero tengo que admitirlo: gracias al BBS tuve la oportunidad de conocer a muchas personas, hacer unas muy bellas amistades y sobretodo, viajar a muchos lugares.

Años después, la necesidad hizo que consiguiera un empleo de tiempo completo. Brinqué por varios lugares por aquí y por allá, nada trascendental. Lo único que hacía en esos días era sobrevivir. Últimamente he aprendido algo que me ha hecho reflexionar sobre las cosas que he vivido y he pasado: "todo pasa por algo". Absolutamente todo. Llegué un buen día a un nuevo empleo: una pequeña empresa en donde no se exigía demasiado, sólo saber redactar bien y rápido. Ahí pasé casi dos años, haciendo lo mismo todos los días. Y no era un mal trabajo, no, al contrario. Era superior a todos los lugares en donde había estado. Pero ¿por qué hablo de esto? Simple: gracias a esta empresa y a su director, dueño y fundador, me dieron la oportunidad de estudiar la universidad con beca completa . El único requisito era "sencillo": ser un alumno de excelencia. Y sí, fui un alumno de excelencia.

Esta era mi última oportunidad. No había otra. Era ahora o ahora. Ya no podía decepcionar a nadie más, especialmente a mí. Todavía recuerdo muy bien el día en el que el señor Raúl Ortiz Santoscoy me dijo que me consiguió la beca y que se sentía muy orgulloso de mí porque había tomado la decisión de continuar mis estudios. La escena era inmejorable, sólo había que estudiar cuatro años en lo que más me apasionaba: las computadoras. Elegí la licenciatura en Informática Administrativa. 

Hoy, gracias al señor Raúl, soy licenciado, soy programador y me siento muy orgulloso de ello y por ello. No fue un camino fácil, sobretodo cuando no ha tenido muchas bases y después de no estudiar de manera formal durante varios años, pero ahora que puedo mirar un poco hacía atrás y palpar todo el esfuerzo y sacrificios que hice, no me arrepiento. Al contrario, me gustaría volver a vivirlo. Y donde quiera que se encuentre: ¡muchas pero muchas gracias señor Raúl!

Fue una época muy bonita. Si bien la universidad a la dónde iba no era la gran cosa, me dio las bases para dar el brinco, para entrar a las ligas mayores. Sólo había que hacer un último esfuerzo para obtener la carta de liberación de servicio social y ahorrar para pagar los trámites del título. Gran cosa. Sólo me tardé dos años en hacerlo. Fue más esfuerzo por ahorrar porque mi sueldo no me ayudaba. Pero ya estaba hecho. Un buen día, me mandaron la invitación a casa para que fuera a la entrega. No cabía de felicidad.

Finalmente, después de muchos años de esfuerzo y sacrificio, alcancé mi objetivo. En la familia, ya había un profesionista.

Yo.


El comienzo. Hace ya cuatro años.

Hace cuatro años, más o menos, comenzó todo. Pero quiero remontar el tiempo un poco más. ¡Hay tanto que decir!
 
Aún recuerdo aquellos días cuando iba a la universidad. Yo era el primero de la familia que conseguía tal hazaña. Pero no fue fácil. Tuve que pasar muchas cosas para ello y a pesar de que tuve el privilegio de ser admitido y entrar en la primera opción que había elegido, el tiempo me indicó que ese no era mi camino.

Estudiaba la licenciatura en Quimica Farmaceutica Biologica. Sí, un nombre muy rimbombate. Mi tío Isidoro (que en paz descanse), me hacía burla preguntando que si iba a hacer pastillas para el "chorro". Me molestaba ese tipo de comentarios. Yo creo que era más envidia porque se veía muy lejos que sus dos hijos consiguieran lo que yo conseguí.

Soy el mayor de mis hermanos. Somos una familia grande (desde mi punto de vista) porque éramos seis hermanos. Mi papá hacía muchos esfuerzos y sacrificios para darme un poco de dinero para acudir a la universidad (cosa que le estaré eternamente agradecido) y para ayudarle tuve que encontrar un trabajo de medio tiempo que al paso de los días se convirtió en tiempo completo. Si sumanos mis dos actividades principales más las tareas cotidianas que un universitario tiene que hacer, más algunos extras y los problemas y fricciones que tenía con mi mamá en esos días, pues no salen las cuentas porque prácticamente sólo dormía cuando tomaba el transporte público. Yo catalogo esa época como la más negra de mi vida.

Debo señalar que antes de la universidad, también laboraba y estudiaba. Mi papá pudo conseguirme un lugar en donde él trabajaba. Iba sólo de jueves a sábado. Yo era lavaplatos en un bar en el centro de la ciudad y mi turno era de 8 pm hasta que saliera el último cliente. No me iba bien, pero tampoco mal. Obtenía lo suficiente para solventar mis gastos personales y darme algún gustillo de vez en cuando. Lo mejor era que me permitía ir al bachillerato sin descuidar demasiado mis calificaciones.

Pero volvamos a la universidad. Con el paso de los días, noté que pasaba más tiempo en la sala de cómputo que en los libros de química. No me había dado cuenta que había algo muy particular en esto: en la secundaria (que fue cuando tuve mi primer contacto con una computadora) aprendía muy fácilmente todas las actividades relacionadas a este dispositivo. Y en esos días, fui un asiduo autodidacta. Nunca tomé clases de computación, todo se me daba natural: click aqui, click allá, cortar, pegar, etc. En esos días aún no existía messenger, skype o cosas similares. Sólo había algo que se llamaba BBS (Billboard Bolletin System) y lo descubrí cuando vi utilizar a varias personas una aplicación que era de fondo negro con unas letras grises. Como fui huraño por excelencia desde mi infancia, el acercarme a uno de esos usuarios para preguntar sobre este nuevo descubrimiento era imposible para mí, por lo que de nuevo, la observación fue la clave de todo.

Ese BBS era un chat, el abuelo del messenger y era fabuloso. Podías escribirte con una persona que estaba a cientos o miles de kilómetros en tiempo real, además había infinidad de foros de los más variados temas. Era una fuente riquísima de conocimiento y no pasó desapercibido por mí. Era tanto mi afán por seguir en contacto por ese medio con otras personas que muchas veces no fui a clases, además que me escabullí en otras instituciones para poder conectarme a este nuevo mundo. Gracias a esto, me di cuenta que la Química no era lo mío además que no tomar catedra cobró su factura. En los exámenes no sabía que responder, veía las preguntas y era como si leyera letras chinas o japonesas, había formulas que no sabía para qué eran ni para qué servían. Conforme pasaban los días, en mi cabeza sólo existía un pensamiento: volver a conectarme al BBS. Ya en este punto, sabía más de computadoras que de la ley del octeto. Y sí. No pude más. Renuncié. Así como Steve Jobs lo hizo en su juventud, así lo hice yo. No había marcha atrás. Me dio miedo, sobretodo por lo que iban a decir mis padres pero lo hice. Su hijo, el primero que había conseguir llegar a la universidad, desertó.
 
Me sumí en una profunda depresión. No salía de casa, no hablaba con nadie, no me aseaba. No hacía absolutamente nada. Sólo ver televisión. Me sentía derrotado, frustrado, acabado. Fue otro duro golpe en mi vida.

No recuerdo como fue que mi papá, con mucho pero mucho esfuerzo, pudo comprarme mi primer computadora. ¡Era una Pentium III, con Windows 98 y 80 gb de disco duro! ¡Toda una belleza!. Con ella desde mi casa, pude conectarme a diestra y siniestra al BBS y a internet por medio de una DSL. Pero no todo fue el chat. Aprendí de manera casi natural a hacer páginas web. El único maestro que tuve fueron las largas horas de desvelo y los cientos o quizá miles de tutoriales que leí, además empecé a reparar pc's (ya se imaginarán qué computadora era mi laboratorio)..

Renací. Definitivamente esto era lo mío.

lunes, 4 de mayo de 2015